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High and Dry – Radiohead

Despertaste esa mañana de golpe, a la mitad de un sueño que supiste extraño pero que no pudiste recordar. El despertador (el sonido real detrás del estruendo de sirenas que escuchabas en tu inconsciente) había sonado unas tres veces antes de que por fin lograras abrir los ojos. Lo primero que viste fue el techo de tirol blanco y al mirarlo pensaste cuánto tiempo faltaría para que te cayera encima, a juzgar por la enorme grieta que años de humedad no impermeabilizada habían provocado. Sólo entonces recordaste por qué programaste el despertador a las 7 am de un sábado: tenías una cita.

Salir de la cama fue una odisea. Llegaste al baño con las pocas fuerzas que tenías tan sólo para verte envuelta voluntariamente en una balacera de gotas casi en el punto de ebullición. Con una rara mezcla de escalofrío y placer, sentiste el agua recorrer tu cuerpo y trataste de relajarte como otras veces bajo su efecto adormecedor. Al salir, conservaste la rutina de siempre: secar-vestir-arreglar, pero omitiste, por obvias razones, el ritual del desayuno. Ya ibas tarde, cuando papá te avisó que el auto no arrancaba.  Había que ir en camión. Llegarías tarde.

Por fin llegaste. Abriste la puerta del lugar y notaste de inmediato que casi no había gente. Esto sólo puede significar una cosa -pensaste- esta tortura terminará pronto. Qué bien. Y qué  mal. Tomaste asiento. Ahora sólo había que confiar… y esperar… y calmarse.

Llegó tu turno de pasar al interrogatorio.

P= ¿Tiene seguro médico?” R= ”A duras penas”

P= “¿Está usted embarazada?”  R= ”Espero que no”

P=”¿A qué hora tomó su último alimento?” R= ”¿Del cuerpo o del alma?”

P=”¿Consume alguna droga?” R= ”Sólo bajo prescripción médica”

“En un momento más la llamaremos”  R (mental) =”Si es que no salgo corriendo antes”

Escuchaste tu nombre entre anuncios de cremas para bajar de peso que se veían en la televisión. Pasaste con la enfermera a un cuartito pequeño, con un montón de frascos y tubos sobre una mesita de cristal transparente. Trató de tranquilizarte, pero tu corazón se comportaba cual niño en parque de diversiones. Te mostró la aguja y no supiste si la inocente excusa que te dieron (demostrar la seguridad e higiene del lugar) no era en realidad una diabólica patraña para asustarte todavía más. Tragaste saliva y rogaste por que la mujer de bata blanca y fleco peinado con tubo encontrara una vena lo más pronto posible. Lo hizo en el brazo derecho. Cuando tomó el algodón impregnado con alcohol, tú ya sabías lo que harías. Volteaste la cabeza y te negaste con obstinación inusitada a mirar lo que sucedía en el brazo, pero no por eso evitaste sentir el pinchazo, el dolorcito y la sangre que salía como manantial hacia los dos tubitos de plástico que la recibían alegremente.

Entonces ya no pudiste soportarlo más. Las cosas perdieron su forma natural, el cuarto te daba vueltas y estuviste a punto de caer aunque estabas sentada. Necesitabas alcohol y algo azucarado y lo necesitabas ya. Irónicamente, llegó de la misma mano envuelta en bata blanca que te había causado semejante daño. No había paletitas así que tuviste que comer los dulces más amargos que jamás hubieras probado.

Aún tenías miedo cuando saliste a la calle. Hacía frío y comenzabas a temblar. Te resultaba imposible mover el brazo sofocado, rodeado de cinta apretujante que te habían colocado para que no te desangraras en el camino, como si eso fuera posible. Días después, al mirar el moretón que sacaste de todo eso, volverías a sentir el mareo, las náuseas, y un extraño deseo de mirar correr sangre, aunque fuera la de una gallina.

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