Mañana es el principio del fin. A partir de mañana seré como la atleta que mira de frente y se topa con el eterno recordatorio de que el final de la carrera, la meta, todo por lo que ha entrenado durante años está tan cerca y a la vez a un año entero de distancia. Cuando llegue, seguramente no sabré qué hacer, y no sé si tal incertidumbre me importe en realidad demasiado, aunque debo admitir que odio la incertidumbre. Mañana despertaré y haré lo mejor por terminar con un tiempo, si no récord, al menos bastante aceptable, la carrera que comencé hace ya 3 años (¡Pero qué anciana me siento!). Miraré a quienes apenas empiezan con ojos llenos de una mezcla de ternura y burla disimulada y, mientras, pensaré ”pero pobrecitos pubertos, no saben ni moverse en la facultad”. Pero carajo, por qué pensar en el mañana si escribo este post hoy, 9 de agosto 7:40 pm.

Tal vez sea mejor hablar de ayer, negarme el derecho, por única ocasión, de que exista un mañana. Y es que ayer fue un día tan hermoso. Creo que nadie con una pizca de corazón derretible negaría que andar por el mundo con el soundtrack de Monocordio de fondo y en la cabeza es una de las pocas maravillas disfrutables hasta el extremo que existen en la vida. Y si no pregúntenle al chico que, de traje y con camisa verde parecía convulsionarse al tiempo que el buen Fer cantaba “Lejos-Cerca”. O a Dianita que lloraba, hacía berrinche e intentaba cortarse las venas con el cierre de mi chamarra al ritmo de “Por cada vez” . O a Blue, que volteaba contrariado y con cara de ¿cómo es posible que no me sepa ésta? al ritmo de otra bella melodía de cuyo nombre no logramos acordarnos. O a mí, que palpitaba en mi asiento de la puritita felicidad cuando tocaron “Escalera” (aunque debo admitir que extrañé sobremanera los versos de Neruda) y aplaudía frenéticamente al escuchar la referencia al polvo enamorado de Quevedo.

En fin, pura histeria colectiva que desembocó en la corredera de (casi) todos los ahi presentes detrás de lo que creemos es la mente maestra detrás del proyecto. Yo, por mi parte, me conformaba con haberlos visto, envueltos en sacos tipo Sargent Peppers y por haber escuchado lo que a mi modo de ver es algo así como poesía musicalizada, en donde las cosas que siento se reflejan y donde puedo recordar con amigable nostalgia las que alguna vez sentí y me han marcado de por vida, como con “A veces”, cuatro minutos que condensan aprendizajes que me han costado 23 años.

Hacía tanto que no iba a un concierto, hacía tanto que no me emocionaba con algo. Y ayer me emocioné, caray, sí que lo hice. Pero eso pasó ayer. Mañana, mañana supongo, será otro día.

 

por cada vez que aparece el sol/por despertar y sentir tu cuerpoooo...
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